En México sociedad e Iglesia deben dar prioridad y ofrecer servicios “de calidad a los migrantes”: Cardenal

En México sociedad e Iglesia deben dar prioridad y ofrecer servicios “de calidad a los migrantes”: Cardenal

Debido a las órdenes ejecutivas del presidente Donald Trump, se ha creado un ambiente hostil, de inseguridad, incertidumbre y terror contra miles de personas a quienes se les imputan delitos y condiciones de criminalidad sólo por tener una situación migratoria irregular. La aplicación de estas medidas arrojan resultados lamentables; el primero de ellos: la separación de familias enteras cuando los padres son repatriados, dejando a los hijos en completo estado de indefensión. La suerte última es ponerlos en adopción, cuando en realidad tienen padre y madre, aunque con el único “delito” de carecer de la ciudadanía de los Estados Unidos de América.

No podemos ser indiferentes ante la actual situación. Es necesario actuar con tal audacia que, incluso, se pueda recuperar el potencial que México tiene ante estos nuevos retos; sin embargo, la historia nos enseña cómo las condiciones políticas no han sido favorables para quienes alguna vez dejaron la tierra natal para mejorar sus condiciones de vida. Cada año, por ejemplo, los trabajadores migratorios mexicanos que prestaron servicios laborales en los Estados Unidos, entre 1942 a 1964, los ex braceros, ruegan a los diputados del Congreso de la Unión el otorgamiento de los pagos que legalmente les corresponden por esos años de servicio. Su peregrinación topa con la falta de sensibilidad política y humanitaria, y fideicomisos sin fondos al regatear lo que en derecho les corresponde. En 2016, una sentencia del Poder Judicial de la Federación obligaría a las autoridades a devolver los salarios retenidos de los ex braceros, los cuales ascenderían a más de 5 billones 90 mil 231 millones de pesos por intereses generados en 65 años de adeudo.

No obstante, no es sólo cuestión de dinero, es la creación de políticas efectivas y, sobre todo, la acción de una sociedad solidaria y justa para ver a los migrantes como seres humanos y no como fuente de remesas anuales por más de 24 mil millones de dólares que han venido a fortalecer la maltrecha y enana economía mexicana.

Así lo recordó el cardenal Norberto Rivera Carrera el 8 de febrero en Dallas, Texas, al señalar que la sociedad e Iglesia deben dar prioridad “a la superación de las condicionantes que generan los climas de pobreza, violencia e injusticia que obligan a personas, familias y comunidades enteras a emigrar”. Esto es, efectivamente, la causa de los males y deuda hacia los migrantes. Pobreza en comunidades donde lo más elemental no llega, violencia que desplaza a los habitantes e injusticia por no recibir lo que les pertenece, como es el caso de los ex braceros.

Ante el terror de la administración Trump, la Iglesia Católica, en ambos lados de la frontera, apela a la unión. Durante esta semana, en el primer Encuentro bi-anual Tex-Mex, los obispos de Texas y México se comprometieron, “en este momento difícil de la historia”, a ofrecer servicios “de calidad a los migrantes, que implica lo espiritual, lo legal, la asistencia material y familiar”, y mantener la presencia constante en campos de detenciones, casas y centros de asistencia a migrantes desde la frontera sur de México hasta todo Estados Unidos”, porque, ante esta ola de desconfianza y traición, las iglesias y templos se han convertido en el único refugio seguro donde se les puede dar garantías para proteger sus derechos legales.

La búsqueda de soluciones legales, políticas y sociales ya no son una opción, son cuestiones imperativas. México requiere de la urgente redención de la política migratoria para desarrollarla integralmente. El futuro de los migrantes ya nos endosa documentos de difícil cobro y reparación. Esto puede ser una pesadilla, pero en la esperanza cristiana representa un reto para vislumbrar un futuro más prometedor. Los migrantes salieron de su país en busca de un sueño. ¿Estamos preparados para ofrecerlo?

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